Cuando das lo
mejor de ti, pero no lo consigues. Cuando estás rota, y no puedes dormir.
Cuando tus mejillas se convierten en autopistas para lágrimas y te apoyas en
las paredes frías esperando un milagro. Que se salve, que vuelva. Que aquí le
necesitamos. Cuando miras a la estrella que más brilla del firmamento y
escuchas su voz, sus dichos, sus carcajadas. Te viene a la cabeza cada momento
con él y el mundo te vuelve a recordar lo mucho que te quería, lo mucho que
cuidaba de ti, lo grande que era. Te recuerda esas tardes en su casa, su última
sonrisa desde una cutre camilla. Sus caricias en la barbilla y los mejores
consejos que te podían dar. Te rompes en pedazos y arrastrándote por los suelos
intentas erguirte, entre toda la mierda. Caminas sola por ahí, dejando atrás
los lamentos de tus seres queridos, miles de lágrimas en su honor y noches
enteras llorando. No miras atrás, no puedes. Cabizbaja, solo quieres salir
corriendo. La respuesta no es la huida, ¿qué conseguirías? Giras cieno ochenta
grados, y lo haces por él. No quieres avergonzarle, porque en el fondo sabes a
la perfección, que desde ahí arriba... todavía te cuida.